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La Violencia de Género bajo el título “El aullido del Coyote”

Serafín Villanueva explica en siete artículos el perfil del maltratador

Publicado el 01/12/2015
El tapin La Violencia de Género bajo el título “El aullido del Coyote”

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El coordinador Provincial de la Unidad de Prevención, Asistencia y Protección de la Jefatura Superior de Asturias y vecino de Posada, Serafín Villanueva, explicó a través de siete artículos publicados en el periódico El Tapín de Llanera la Violencia de Género.

Bajo el título el “Aullido del Coyote” Villanueva explica el perfil del maltratador, los cambios en el comportamiento de la víctima, como lo sufre la familia y ella misma, los procesos que se ponen en marcha cuando esto sucede y los recursos con los que cuentan las mujeres que sufren esta situación.

 

CAPÍTULO 1º

Astuto, escurridizo ante el peligro, con sentidos muy desarrollados, silencioso por el día y bullidor tras la puesta del sol lanza sus aullidos durante la noche y al despuntar el alba…

La severa paz que reina durante la noche se ve desgarrada por el aullido de un coyote que no parece ser, por el sonido que desde su garganta lanza, el sonido de una  comunicación con sus congéneres, sino que más se asemeja  al que exhala el animal cuando lo que pretende es montar una bronca o incluso llegar a la represión, es  un chillido de larga duración y resonancia profunda, propio de los individuos dominantes, semejantes a los que irradian los hombres cuando maltratan a sus parejas. Dicen los expertos que los coyotes evaden a los humanos y que cualquier intento de domesticar o habituarse a ellos sería tanto como arriesgarse a recibir el beso de la muerte; la supervivencia de los coyotes depende de que vivan cercanos, juntos pero no revueltos que podríamos decir, pero aislados en su hábitat particular.

Pretende este símil entre el cuadrúpedo mamífero y el hombre como animal social capaz de inventar, de aprender, de transmitir, etc., etc., analizar el comportamiento del hombre dentro del mundo de la pareja por tener como características comunes las del oportunismo y la jerarquización. De un lado, al igual que un coyote a lo largo de su vida puede adoptar comportamientos sociales que pasan desde la convivencia en manada, a la relación de pareja, e incluso a la soledad, así algunos hombres adoptan conductas sociales que vulnerando las leyes  llegan a  quebrantar el entramado familiar, aislándose por ello de una sociedad actual regida por normas; por otra parte este tipo de hombres, subidos al ego del machismo, se proclaman como líderes de sus hogares de la misma forma que en la manada de coyotes uno de ellos se pregona como el macho alfa.

Pero no es el coyote el que nos preocupa –como hemos dicho es un símil- lo que nos inquieta es el comportamiento del hombre en su relación de pareja, es decir: la Violencia de Género, lacra de una sociedad avanzada y causa de alarma social, que bulle por nuestras cabezas como si de agua en una cazuela al fuego se tratara, que escalda nuestro cerebro provocando desazón y que pulula por nuestros sesos haciéndose siempre la misma pregunta: ¿es el hombre violento por naturaleza o lo es por decrépito de la sociedad?; Sea lo que fuere la violencia ejercida sobre la mujer, física o psicológica , o ambas a la vez, siempre ha existido, y suele ser unánime el acuerdo acerca de que la violencia no es algo instintivo en el ser humano, sino que es algo que se aprende; aparte de la herencia genética, -que en opinión de algunos especialistas puede llegar a influir en el carácter de una persona-, se puede también afirmar que los comportamientos humanos acostumbran a venir condicionados por la cultura y las fuerzas sociales y, en este contexto, ya era hora que el ser humano haya reflexionado desde no hace muchos años, y lo siga haciendo en la actualidad, sobre ella tratando de encontrar argumentos y  deducciones que pongan fin a tal comportamiento. Fue en el año 1993 cuando La Declaración Universal de Naciones Unidas definió la violencia contra las mujeres como “cualquier acto de violencia que se produzca por motivo de género o cuyo resultado sea daño físico, sexual o mental sufrido por las mujeres, incluidos los abusos de coerción o privación arbitraria de libertad, tanto públicos como privados”; así leída la definición queda claro que la violencia sobre la mujer lo es por motivo de género, pero quizá no lo está tanto en la mente del ciudadano. ¿Qué quiere decir género? El género al que se refiere la Declaración de Naciones Unidas no es el género que de niños nos enseñaban en la escuela al estudiar la gramática –masculino, femenino y neutro- no, el género al que se refiere la Declaración Universal es aquel que por el mero hecho de ser mujer se pueda ser agredida por un hombre que se siente superior al sexo femenino y que exterioriza mediante la agresión física, psicológica o sexual, de manera ocasional o de forma persistente, subyugándola a vejaciones o humillaciones de palabra  en enfrentamientos personales  o indirectamente a través de las actuales tecnologías  (correos electrónicos, chats, mensajes en Twitter, Tuenti, Facebook); que revela su  intimidad propagándola por las redes sociales y a las que, desgraciadamente y de modo alarmante,  son más proclives en las edades de la  adolescencia y de la juventud  que en la  adultez; es aquel que fuerza a la prostitución; es el que ejerce la trata de personas con fines sexuales, el que ordena la mutilación genital, el que exige y controla revisiones forzadas para ‘asegurar’ la virginidad, el que impone la anticoncepción o el embarazo, el que acosa sexualmente en los puestos de trabajo o el que infecta intencionalmente de una enfermedad de transmisión sexual. Con conductas como estas el hombre vuelve a demostrar su oportunismo y su jerarquía cual coyote se tratara, el hombre vuelve a demostrar que está dotado de más testosterona que la mujer, pero también de peores conexiones neuronales y por tanto a tener mayores  dificultades para anticiparse a comprender las consecuencias de una determinada conducta antes de realizarla; el ego de ser el “macho” y por tanto el jerarca de la familia, la historia heredada y la resistencia a la igualdad de los seres humanos, hace que muchos hombres luzcan, al igual que la luna, sus diferentes caras: por una parte la cara social, generalmente durante el día y para con el prójimo, mostrando  educación, amabilidad y raciocinio; por otra la familiar, en la morada y principalmente de noche, donde emite  aullidos o levanta sus zarpas, muestra su dientes al rostro de la víctima, destroza la morada, amedrenta a sus crías y embalsama el oxígeno con un hediondo aliento que expele por su boca. Como diría Séneca el romano: “Mala salud es la que por otra enfermedad se alcanza” y a título personal añado: No son aullidos los que requiere una convivencia, son gestos de amor, de arrumacos y de muchas sonrisas: “La sonrisa es el camino más corto entre las personas”.

 

CAPÍTULO 2º

Un problema milenario de origen pluricultural, plurirreligioso y omnipresente que trata de solucionarse en el siglo XXI

La amargura los corroe y el mal humor siempre es su ofrenda, irascibles e indignados rechazan cualquier muestra de alegría que brote de su morada y evita con juramentos y amenazas el sentirse humillado cuando se les muestra amor y raciocinio; son desde la adultez seres indómitos, tercos e inflexibles, difíciles de corregir y que, al igual que el coyote, causan graves lesiones a las personas de su entorno. Unas veces temidos, otras admirados, desde tiempos remotos son estos cánidos cuadrúpedos un reflejo de los instintos más primitivos del hombre que ninguna cultura ha podido depurar.

El maltrato a las mujeres no es un problema actual que diariamente ocupa a muchos medios de comunicación, porque es evidente que esta violencia se ha ido desarrollando a través de los siglos embutida en los distintos modelos de cada sociedad, adquiriendo diversas formas y mostrándose de variados perfiles según los momentos históricos. Estamos ante un problema universal que podemos encontrar siempre, en todo tiempo y lugar, y bajo apariencias  de mayor o menor gravedad; hoy en día la innovación, novedad o reforma  consiste en que, al margen del desarrollo de la doctrina de los derechos humanos que defiende la fundamental igualdad de las personas, sin distinción de sexo, raza, religión etc., se han ido levantando conciencias cada vez más dilatadas y más pulcras  a cerca de algo que, si bien anteriormente había sido considerado como un problema de índole privado dentro del seno familiar y en los que nadie debiera meterse, hoy, por un alto porcentaje de la población, es considerado como cuestión pública en el que todo ciudadano puede y debe intervenir hasta conseguir que  las mujeres dejen de ser consideradas como seres inferiores y, por tanto, supeditadas al varón. De esta ideología arrancaba la consideración de que ellas eran como objetos y, en consecuencia, propiedad de éste, y de ahí la justificación del uso de la violencia sobre ellas.

A poco que uno se sumerja en la historia –más concretamente en las costumbres de las distintas sociedades podemos observar, a modo de curiosidad, las usanzas  varoniles  empleadas sobre las mujeres: Así, la legislación del imperio bizantino ( siglo IV) dotaba al hombre con la consideración de un dios al que su esposa debía adorar, ella ocupaba un lugar tan insignificante que ni siquiera podía recibir herencia o beneficio alguno; en la India los testimonios más antiguos aseguran que se quemaba a la viuda junto al marido difunto en una ceremonia llamada Sati,  acto este que quedaba incluido dentro de las obligaciones como esposa. Además la mujer infecunda era repudiada, al igual que la que gestaba sólo hijas; en las comunidades de Irán y Etiopía, el nacimiento de una mujer era una deshonra, siendo, incluso, este vocablo sinónimo de bajeza, debilidad y desgracia;  en Grecia cuando la pareja era acusada de cometer un delito, la pena sólo se imponía a la mujer;  en Europa, concretamente en Burdeos, en la Francia del año 1360 cuando un hombre mataba a su esposa en un arrebato de cólera, y siempre que se confesara arrepentido mediante juramento, no era castigado; según las normas islámicas, la mujer, a partir del casamiento, adquiere la condición de propiedad privada del marido. El Corán estipula como deber del hombre pegarle a la esposa rebelde, así como el encierro perpetuo de las infieles en la casa. El castigo corporal no está limitado, es legítima facultad masculina sobre su cónyuge, de modo que se exonera de responsabilidad penal al esposo cuya mujer falleciere como resultado de una paliza con fines “educativos”.  Aquí en España y en tiempos no muy lejanos se admitía que “el marido podía corregir físicamente a mujer e hijos siempre que no los dejara lisiados”.

A día de hoy los hombres que consideran a las mujeres como objetos de su propiedad, son gente que desde sus primeras relaciones – confesiones de un acosador-maltratador en una de las sesiones psicológicas que recibía- “siempre he buscado a la mujer ingenua. Me gusta su vulnerabilidad. Confía en la humanidad sin siquiera tener una prueba. Está tan llena de heridas que ella misma es una herida. Mujeres que no están bien informadas acerca del mundo real. Las ingenuas y las vulnerables hacen que crean en ti, porque necesitan creer en ti”; astuto, de olfato muy fino para detectar a las mujeres necesitadas, utiliza su talento para cazar a víctimas y apropiarse de ellas; es un buen cazador-poseedor, como el coyote, que  silenciosamente acecha a sus víctimas, se abalanza sobre ellas para  atraparlas y las arrastra posteriormente a sus guaridas, habitáculos que cuida muy bien sellando y  marcando la entrada con orina, heces y esencias glandulares para advertir -como queriendo decir- a todo quien se le acerque: " Largo de aquí, esta es mi propiedad”.

En la violencia hacia la mujer como problema sociocultural han tenido mucho que ver tanto las religiones como los estados, resultando así que la violencia que pesa sobre ellas es de constitución pluricultural, plurirreligiosa y omnipresente. Es a partir de 1983 cuando en España se crea el Instituto de la Mujer y, a la par, el Ministerio del Interior, a través de la Dirección General de la Policía, comenzó a publicar las cifras sobre denuncias de malos tratos presentadas en las Comisarías de Policía. Pocos años después, en 1986, el Parlamento Europeo emitió la Resolución sobre Agresiones a Mujeres, haciendo referencia entre otras, a la petición de refugios para mujeres. Ese mismo año en España, se crea la primera casa de Acogida para mujeres maltratadas y la propia Dirección General de la Policía mediante Circular, el Servicio de Atención a la Mujer (S.A.M) para dar una respuesta adecuada a la demanda social de atender de  manera especializada a la víctima del maltrato. Con el tiempo este servicio policial fue evolucionando y desdobló en dos grupos las funciones: El  S.A.F, con funciones de investigación y de instrucción, y la U.P.A.P, con funciones de prevención, apoyo  y protección a las víctimas.

El Plan Nacional de Sensibilización y Prevención de la Violencia de Género, concebido por la Ley Integral (Ley Orgánica 1/2004, de 28 de diciembre), exige el concurso coordinado de las administraciones públicas estatales, comunitarias y locales tales como Justicia, Seguridad (Cuerpo Nacional de Policía, Guardia Civil, Policía Autonómica y Policías Locales adscritas),  Sanidad, Educación, Servicios Sociales, Comunicación e Información para que a través de medidas y recursos concretos se pueda alcanzar la plenitud del derecho de ciudadanía de las mujeres y dar respuesta a la violencia de género, recursos como la experiencia y los conocimientos que pueden aportar de forma rigurosa y científica  la Unidad de Valoración Médico-forense de violencia familiar a la hora de evaluar, psicológica y psiquiátricamente, a las partes involucradas en el problema (víctima, agresor e hijos, si los hubiera) que permiten establecer perfiles del maltratador como…

 

CAPÍTULO 3º

No existe un perfil de maltratador, más bien unos rasgos que les caracteriza como hombres dependientes, posesivos y violentos que pueden llegar incluso a matar.

…Si de un patrón se tratara que permita el tratamiento del comportamiento injusto al que envuelve un amplio abanico de actuaciones de maltrato físico, sexual y psicológico, empleado por un hombre en una relación íntima con una mujer, para ejercer su poder, su control, su dominio y su autoridad sobre esa persona; la Administración de Justicia ve cada vez con más claridad la importancia de la ciencia médica y la necesidad de que esta se aplique lo más completa y rigurosamente posible,  científicamente y con todas las garantías propias de la especialidad. Por el contrario, a nivel popular todavía hay una parte de la sociedad que tiene su opinión particular al respecto, que es tenaz a las viejas costumbres, reacia a las aplicaciones tecnológicas y que siguen juzgando al prójimo a golpe de vista, siguen catalogando a las personas en base a las primeras impresiones que de ellas obtengan y, en este caso concreto, que opinan que la apariencia física de un hombre delata su personalidad de maltratador; que creen que por la simple mirada de ellos ponen de manifiesto su condición; como si todos los maltratadores fueran personas mentalmente desequilibradas; como si la cara fuera el espejo del alma; mientras que la otra inmensa mayoría de las personas, más a la vanguardia de la actualidad, es más bien seguidora de la teoría de Sócrates cuando decía que “la razón vence todos los vicios”.

Así pues, no es fácil ver o identificar al maltratador, pues sólo se manifiesta como tal ante la víctima, pero sin duda, la mejor forma de identificarlo debajo de ese disfraz de las “buenas conductas” es ajustando todos los fragmentos de la información de que se disponga, teniendo en cuenta que el maltratador no es una pieza aislada, que sólo tiene sentido en un determinado contexto y con las otras piezas que lo forman (relación de pareja, víctima, hijos, etc.) y que desempeña una función concreta (mantener una posición de poder); no es como otro delincuente que un día puede robar una casa, otro asaltar a una persona, y al siguiente herir o matar a alguien. ¡Él es un maltratador en su relación de pareja!, él no es un loco ni un enfermo, él aplica la agresión como forma de mantener en su casa el poder y obtener con ello sus privilegios, no se han encontrado en él diferencias significativas en relación a la edad, ni a su nivel social, ni a su educación, por lo tanto podemos asegurar  que “no existe un  perfil” del maltratador.

Tiene pues una normalidad social y conductual que sólo se modifica cuando el caso es denunciado, que en la mayor parte de las veces se silencia por aquello del “qué dirán los vecinos”, “que pasará con mis hijos”, “tengo miedo a su posterior reacción”, y cuando   de alguna forma se recoge la opinión que sobre el agresor pueden tener sus vecinos y personas cercanas lo definen como “normal y simpático”, “muy trabajador”, “siempre pendiente de su familia”, “un buen padre”, ”un buen vecino”; sólo de forma ocasional se oyen comentarios que hacen referencia a que de vez en cuando se oían gritos, ruidos o peleas que, en todo caso, son consideradas como “lo normal dentro del matrimonio” y que por lo tanto, y por temor a represalias, no van a denunciar. Familiares, vecinos y algún que otro amigo, conocedores de la problemática de la pareja prefieren seguir ignorando  “los aullidos del coyote en la vivienda de al lado, en la morada del familiar o de los amigos, y hacer que no los escuchan” para no verse comprometidos con ninguno de los miembros de la pareja; si bien los coyotes son capaces de emitir su aullido sin que el ser humano sepa distinguir el lugar espacial de donde procede, los humanos percibimos y situamos  los lamentos de la víctima, los golpes en la morada, las voces de angustia de los hijos y, en muchas ocasiones, preferimos ignorarlos.

No existe un perfil del maltratador decíamos, pero sí que existen rasgos del mismo obtenidos de las declaraciones de las víctimas y de ellos mismos,  y en general podemos aseverar que el violento es, en el fondo, un hombre débil que se siente incapaz de convencer al otro sin ejercer la fuerza, sin demostrarle su poder, y que acostumbra a ejercerlo y a intimidar a su adversario mediante el miedo y el terror; el asesinato de la esposa, la compañera o la novia consiste en realidad en todo un largo proceso que se inicia con amenazas, golpes y palizas reiteradas que culminan en la muerte violenta de la víctima cuando ésta se decide a decir: “¡basta!”, e inicia un proceso de separación legal o de hecho.

Este hombre, que ya se ha habituado a liberarse de sus propias violencias descargándolas sobre su particular víctima propiciatoria, ante el trance de “perderla”, pues generalmente son hombres dependientes, que deciden por sí mismos, que  disponen cómo pueden estar junto a ella, que establecen cuando y de qué forma estarán, haciendo a su compañera responsable del “desastre” que se le viene encima, convirtiéndola de esta forma en el chivo expiatorio de ese círculo de violencia insoportable en el que se ha encerrado este hombre, para quien la violencia del asesinato pasa a ser su única salida, el único remedio que encuentra para “curarse” de su propia violencia y de la que le produce la nueva situación de separación. ¿Qué ocurre entonces cuando los dos miembros de la pareja se encuentran separados por tener que cada uno cumplir con sus obligaciones laborales, sociales etc.?, pues que el hombre dependiente recurre al teléfono, a los mensajes de texto o a los correos electrónicos para poder estar sintiéndola, y ocasionándola a su vez daño y multitud de problemas dentro del entorno en el que se encuentre, teniendo que llegar a bloquearle el teléfono.  

Se puede decir que sus rasgos principales son: Altivos y confiados, seguros de sí mismos, crédulos de que la pareja no los abandonará, necesitando la humillación y la sumisión de la pareja para sentirse felices y realizados.

De sentimientos contradictorios, mostrando tan pronto a su pareja lo mucho que la quieren y la necesitan como revelando posteriormente su hostilidad; tienen sentimientos positivos y negativos a la vez, tanto es así que les permite odiar a su mujer y, sin embargo, necesitarla cerca de él.

Celosos, sin fundamento, controladores en todo momento de la víctima a la que humillan y la acosan para esconder su dependencia.

Embotados emocionales, por ocultar muchas carencias y ser incapaces de mostrar sentimientos hacia su entorno: se valen del alcohol y/o las drogas para actuar contra la pareja.

Existen además otro tipo de hombres que muestran una crueldad brutal, constituyendo un caso aparte entre los hombres que maltratan a sus esposas, novias o compañeras. Estos hombres no actúan cegados por un arrebato de ira sino que lo hacen en un estado frío y calculado, como el caso reciente del Hospital de Orense, de tal forma que a medida que su cólera aumenta su frecuencia cardíaca disminuye en lugar de aumentar (como suele ocurrir con los accesos de furia), lo cual significa que cuanto más beligerantes y agresivos se sienten, mayor es su tranquilidad fisiológica. Su violencia parece ser un acto de terror calculado, una forma de controlar a sus víctimas sometiéndolas a un régimen de pavor; carecen de la más elemental de las formas que asume la empatía, esto es, la tendencia a dejar de agredir a alguien que se encuentra herido, caído, que ya no se defiende, que ya no es rival. Son estos los Agresores  dependientes dominantes que siempre muestran su superioridad dentro de la pareja; que siempre tienen la razón; que siempre achacan a la mujer el que les haya provocado; la que les haya hecho salir de sus casillas; la que les haya hecho perder los nervios; hasta que consiguen crear en ella un sentimiento de culpabilidad y una actitud de sometimiento. En definitiva la dominan y la controlan, la reprochan cualquier cosa que no les guste, la acosan y vejan sin importarles ni donde ni cuando, pero no son capaces a abandonarla, ¡mía o de nadie!, es el grito de guerra con el que suelen amenazar. Cuando la mujer decide acabar con la relación, cansada de sufrir tan malos tratos, el autor se deprimirá e intentará volver a la relación por medio de súplicas, de arrepentimiento, de lloros, de promesas de cambio de actitud y de ofrecimientos de una vida mejor; pero de conseguir volver –casos excepcionales encontrados en mujeres también dependientes- es porque la mujer, en el fondo, percibe un halo de amor y le da una nueva oportunidad para vivir durante un corto espacio de tiempo la comprensión y la ternura del amor: es el tiempo conocido como “luna de miel”, que se repetirá cíclicamente…

 

CAPÍTULO 4º

El razonamiento de los maltratadores carente de toda ética y moral causa estragos psicológicos, a veces irreversibles, en las mujeres maltratadas que no encuentran el primario y necesario apoyo que las ayude a salir de la crisis en la que viven.

Después de conocer las características que definen a los agresores o maltratadores de mujeres dentro del ámbito de la afectividad, uno analiza lo de ser “animal racional” y compara sus actitudes y sus comportamientos con las de otras especies dentro del mundo de los “animales irracionales” para darse cuenta de que  el ser humano es el más agresivo de los animales, mientras que la agresividad es más extraña  entre animales irracionales de la misma especie y que, de haberla, por cuestiones sexuales, de alimentos o de posesión de territorialidad, no producen heridas graves o que lleven a la muerte; es como si entre ellos existiera una especie de acuerdo, pacto o  protocolo de nobleza (permítanme la expresión) por lo que cuando dos animales entran en disputa, aquel que durante la pelea se sienta en inferioridad se somete al contrincante dominador en actitud de rendición, cambiando inmediatamente su actitud por la que había empezado el enfrentamiento, reconociendo su derrota y dejando al vencedor  vivir en paz. Tras esta observación algún lector podría pensar que “la razón”, la capacidad de razonamiento como privilegio humano es la causante de los males de nuestro mundo civilizado, pero no es así, la capacidad de pensar es bueno, lo malo es el pensamiento obtenido como producto y que resulta culpable debido a una pequeña parte de la carga cultural que encierra; la razón por sí misma no facilita una vida tranquila al ser humano, la razón necesita para conseguir el equilibrio psicológico  de unos principios de ética; ¿cuánta veces criticamos el no saber estar de una persona por su falta de ética?, y de una buena dosis de moral que nos permitan, de una parte,  reflexionar sobre lo que queremos hacer y, de otra, encontrar las diferencias entre aquellas acciones que puedan ser buenas o malas. Si un maltratador manifestara: “He golpeado a mi mujer porque me llevó la contraria”, podríamos decir que ese hombre tiene su razón, pero que su razón es inaceptable humanamente al negarle por la fuerza la libertad de expresión y al causarla sufrimiento y desolación.

Las mujeres Víctimas de Violencia de Género sufren trastornos de personalidad llegando a rechazarse a sí mismas, padeciendo y sufriendo  miedo irracional y desembocando en ocasiones en enfermedades mentales; pese a ello algunas mujeres no ponen fin al conflicto rompiendo la relación y encuentran valor y evasión, no todas, en el alcohol y/o en las drogas, Todos estos daños son consecuencia del delito de los malos tratos y de la gravedad o intensidad a la que se vea sometida; de la indefensión familiar, social y económica en la que se vea sumergida y, en ocasiones, por la falta de comprensión de las instituciones especializadas en esta materia que tienen por misión condenar y perseguir a los autores, proteger, amparar, asesorar, educar, asegurar su salud y facilitar las necesidades mínimas a las mujeres que lo sufren para que no se vean humilladas ante la sociedad; si a una mujer víctima no se la atiende con la sensibilidad que el caso requiere será difícil recuperarla en el futuro ante el sentimiento de culpabilidad y de impotencia al que se verá sumida. ¡Por Dios!, exclaman las personas que tienen la fortuna de no padecer el delito, ¿por qué no los abandonan?; el asunto no es nada fácil de entender en una mente equilibrada pero, en una mente enferma como la de la mujer maltratada, es tan difícil huir de su agresor como lo es para la mujer víctima de un largo secuestro escaparse de su secuestrador. Se conoce como síndrome de Estocolmo el que padecen las personas secuestradas (acépteseme en este caso el que puedan sufrir solamente las mujeres) por un hombre y que tiene como  consecuencia la aceptación por parte de la víctima de todas aquellas ordenes que el secuestrador la exija, por muy contradictorias que estas sean, sirva de ejemplo: “Si el secuestrador dice a la secuestrada que no la va a  dar de comer en dos días porque está engordando y a él no le gustan las mujeres gordas, ella aceptará el castigo para agradarle y así no volver a ser castigada”, es, en definitiva, una alianza con el malhechor ofreciéndole todo lo que él quiera y llegando incluso a decir tras la liberación que: “el secuestrador no la ha tratado mal y que objetivamente el secuestro tenía fundamento lógico, si bien subjetivamente  debe de reconocer que no desea ningún mal al secuestrador pues es una buena persona”.

Existen distintas mentalidades entre las mujeres maltratadas que siguen conviviendo con el hombre maltratador, unas llegan a atribuirle razones para justificar sus acciones, llegan a reconocer que los males que padecen son muchas veces por su culpa, por no hacer todo lo que él quiere, por no conocerle lo suficiente para adelantarse a sus pretensiones y además, y sobre todo, porque no sabe cómo afrontar sola una nueva vida (más si la pareja tiene hijos menores) pensando en que la ruptura la dejaría hundida en la pobreza; es pues una fuerte dependencia económica y psicológica la que hace que sigan conviviendo con  el maltratador y no rompan sus relaciones. Hay otras que soportan los malos tratos porque, a pesar del sufrimiento, hurgan en su cerebro y encuentran razones entre los reductos culturales más antiguos y conservadores de las viejas compensaciones en cuyo seno hierven El temor reverencial, el egoísmo acomodaticio o la identificación con el agresor (que permite a la víctima participar de la misma ideología que su agresor, pero vivida o expresada como una convicción). La víctima se supedita al agresor y adquiere la necesidad de mantener un mundo en el que existe alguien a quien idealizar para poder levantarse elevando la mirada, pues el ideal siempre está en lo alto. De ahí recibe seguridad y protección, pues él es el depositario del poder. Perderlo es afrontar la inseguridad, afrontar su mirada acusadora, quizás la culpabilidad y la soledad inherentes a la conquista de la individualidad. Por la vía de ciertas identificaciones con el ideal, se participa de su grandeza, porque bajo su sombra protectora está garantizado el hecho de ser. Abandonar o ser abandonada pasa por la experiencia de la pequeñez, del riesgo y del esfuerzo del cuidado de sí misma.

El miedo al agresor es otro núcleo importante de resistencia, sin embargo, a éste grupo no se le puede pedir esfuerzos porque su fragilidad ya las convierte en candidatas a víctimas reales de abusos, malos tratos, agresiones o, incluso asesinato. Son las más desvalidas. Entrarían en este grupo todo tipo de minusvalías: la niña violada, la mujer aterrada ante un hombre celoso, la esposa de un hombre con problemas de alcoholismo, la que aguanta por dinero o por los hijos, la débil mental, la enferma mental, la enamorada ciega, la dependiente masoquista, la que trabaja para un proxeneta…Constituyen núcleos de resistencia porque su propia tragedia o su propia fragilidad las aprisiona en una actitud pasiva, amedrentada y huidiza. Sin embargo, la peor resistencia que engloba a este grupo viene del entorno femenino, que quizás no las ve, no las quiere ver, no las escucha o no sabe o elude ayudarlas; a veces, las recomiendan resignación, las esconde, se niega a llamar violencia y agresión a lo que seguramente sí lo es. Va dejando pasar el tiempo, da consejos, ayuda económica. En ocasiones, hay actitudes de censura. Es el grupo que más maneja convencionalismos como “a mí también me pasa, no se lo tengo en cuenta”, “nuestro destino es aguantar”, “por tus hijos no deshagas la familia”, “ella se lo buscó, pero el amor es ciego, pues ahora que cargue”, etc. Y la víctima va quedándose sola con su miedo y sus escasos recursos para salir de la situación. Su entorno femenino, por unas u otras razones, suele permanecer pasivo, y resulta que es desde donde este grupo de mujeres, realmente desvalido, necesita la primera ayuda. Antes que las comisarías de policía, los juicios, los albergues, falta el primer apoyo de las mujeres más cercanas; madres, hermanas, abuelas, amigas, vecinas, deberían prestar los primeros auxilios, pero no ven, no oyen, no lo escuchan, no le dan Importancia.

No obstante, hay mujeres que han ido consiguiendo el dominio sutil, fino y delicado, a través de la vía indirecta: él manda, pero ella gobierna. Le sabe llevar. Es el alma de la familia. Se trata modernamente de las matriarcas de las que habla la prehistoria, pero perfectamente acopladas a los restos del patriarcado y viviendo de él. Su resistencia a saltar a la palestra de lo público es lógica, pues se encuentran bien instaladas, usan al hombre para lo que necesitan. Se saben necesarias, nunca están solas. Son muy valiosas. Pueden sentirse frustradas, pero prefieren soportar esta frustración antes que descomponer un orden social en el que gozan de una cómoda posición.

 

CAPÍTULO 5º

Las mujeres más vulnerables por violencia de género son aquellas que se dejan llevar más por sus sentimientos que por su razonamiento, creando sensación de frustración en los agentes policiales que las tienen que proteger.

Poco, o nada, se puede hacer para proteger a una mujer víctima de violencia machista si ella no colabora con el protocolo establecido para proporcionarla seguridad; las mujeres que deciden rechazar el derecho a su protección y prefieren convivir con el riesgo real burlando las acciones impuestas por la Administración de Justicia, las mujeres que sortean o engañan a los agentes de las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad que las deben proteger, las mujeres que deciden normalizar su situación de forma encubierta tras una sentencia, son las mujeres  más vulnerables;  son, a mi modo de entender, mujeres que prefieren seguir los dictados de su corazón mientras desoyen o no quieren atender las observaciones que las hace el cerebro, son mujeres que buscan y aparentan ser felices con un hombre aunque su interior esté inundado de lágrimas. Decía Hipócrates que el hombre –refiriéndose a todo ser humano- debía saber que del cerebro y solamente de él venían las alegrías; el placer; las risas; el ocio; las penas; el dolor; el abatimiento y las lamentaciones, mientras que de las emociones del corazón solo proceden sensaciones como el gozo, el amor y el contentamiento o satisfacción que siente una persona en un momento determinado.

Es demasiado frecuente  leer o escuchar la noticia de que se ha producido un nuevo caso de asesinato de violencia de género en el que la víctima había denunciado y, o bien había retirado la denuncia o sin hacerlo (teniendo incluso una orden de alejamiento respecto del maltratador) convivía o seguía viéndose con el agresor; la respuesta de la sociedad machista al suceso es la de: “le habrá puesto una denuncia falsa y claro…”, o “si volvió con él es que era masoca”. Personalmente, y ante la pregunta que tantas personas nos hacemos de ¿por qué las mujeres vuelven con sus maltratadores?, no nos queda más respuesta que creer que la mujer toma equivocadamente como signos de amor, y no de control, los primeros maltratos, cubiertos de dulzura, de sutileza, de afecto, sintiéndose ella culpable de hacer infeliz a su pareja; ¿cuántas mujeres, probablemente alguna lea este artículo, no recuerda que en sus primeras relaciones con un hombre él ya empezaba a preguntarla: a dónde vas, por qué te pones esa ropa, de quien es ese mensaje que te ha entrado; o a increparle que no le gustan sus amistades, que no quiere que las vuelva a ver, que le cae mal su hermano, que su padre es insoportable, quién te va a creer a ti, quién te va a querer etc., etc. Si desde ese primer momento le hubiera dejado o denunciado, si desde ese momento no hubiera confundido el amor y la preocupación hacia ella y se hubiera dado cuenta que la estaba sometiendo a un control de personalidad, no habría llegado posteriormente a navegar por la espiral de la incertidumbre, del no sé qué hacer, o como se dice generalmente, a tener el cerebro lavado.

Hay que acabar de una vez con la cantidad de mitos que sobre los maltratadores y los maltratos circulan a diario por la calle si de verdad queremos ayudar a las mujeres que sufren de esta plaga  y que tan difícil es superarla por si solas; la sociedad en general tiene que implicarse mucho más denunciando todo caso de violencia machista y familiar; los medios de comunicación tienen que asumir la responsabilidad de publicar todo lo que concierne a la comisión de este delito y, aprovechando la ocasión, felicitar y agradecer al periódico El TAPIN esta publicación, demostrando así implicación y sensibilización con quienes padecen de tal monstruosidad, que hagan público y hagan saber a todas las mujeres que ellas no serán nunca las juzgadas, ni por los tribunales ni por la sociedad, que los que se verán sometidos al juicio de los tribunales y, peor aún, de la sociedad en la que conviven serán ellos, y que la sentencia ciudadana les acompañará de por vida allá donde vaya; que se cuente más con las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad, que con sus agentes especializados sabrán prevenir, ayudar y proteger a quienes lo necesiten.

Pese a la voluntad de ayudar a quien lo requiere, no son pocas las veces que alertada la Policía para que envíe efectivos  a un domicilio en el que se sospecha se puede estar agrediendo a una mujer, se encuentren los agentes actuantes con el fracaso de no conseguir que la mujer denuncie a su agresor y que la presencia de estos solo fuera un medio para provocar miedo en el maltratador; la sensación de frustración que invade a los agentes cuando abandonan el lugar es pavorosa porque como ellos dicen: “ por desgracia no será la última vez que veamos a esta mujer… y a saber en qué condiciones”. Digo frustración porque la mayor inquietud que tiene todo policía en el momento de afrontar este tipo de delito es, con toda seguridad, el estado físico y psicológico de la víctima; es a diferencia de otros delitos, en los que  el fin primordial es el asegurar las pruebas y la detención del delincuente, ante un delito de violencia de género los  policías de la Brigada de Policía Judicial deben concienciarse que, ante todo, está la seguridad de la víctima, en primer lugar y, posteriormente, el realizar ese cúmulo de diligencias necesarias para que esa investigación policial llegue a buen término, es decir: el aseguramiento de las pruebas y del delincuente.

No obstante tanto una como otra tarea (protección e investigación posterior), tienen un fin común: la víctima. No cabe duda que las tareas de protección son esenciales para lograr esa primera garantía para la integridad de la mujer maltratada y de sus hijos –porque no hay que olvidar que hay muchos “niños víctimas directas e indirectas de violencia de género”-; pero, tampoco hay que olvidar que una investigación deficiente, un atestado mal instruido, una prueba indiciaria mal construida por insuficiencia de indicios, etc., pueden dejar desamparada a la víctima frente a un proceso penal en el que malamente podrá sostener su pretensión por falta de objetos de prueba que avalen su versión de los hechos.

La presunción de inocencia, regla de obligada observancia en todo proceso de un Estado de Derecho, exige acusar en base a unas pruebas de cargo que asocien, además, una serie de garantías, ya que de no ser así, la víctima vería a su maltratador absuelto por sobreseimiento libre y archivo definitivo de las actuaciones procesales que ya nunca se podrán reabrir o vivificar en ningún proceso que trate sobre lo mismo, volviendo a iniciarse, generalmente con más intensidad, el ciclo de violencia que se genera tras la libertad del maltratador que, acusado infructuosamente, se ve libre.

Se ha de dejar claro que todos los delitos de violencia de género (con algunas excepciones), son públicos, esto es: son perseguibles de oficio y, en consecuencia, aunque la víctima no manifieste su deseo de denunciar, la obligación para el policía es transmitir esa noticia a la Autoridad judicial, ya que de no hacerlo así puede incurrir en responsabilidad penal. Cuando la víctima no quiera materializar la denuncia, ese conocimiento se puede trasladar a la Autoridad judicial a través de la comparecencia o declaración del agente que oyó el hecho, con independencia de que posteriormente se aporten otros indicios tras la oportuna investigación.

Otra cuestión, íntimamente ligada a la anterior, es la llamada “retirada” de la denuncia. Expresiones tales como: “le quité le denuncia”, “fui a retirar la denuncia”, son comunes en la prensa y medios de comunicación. Sin embargo, en nuestro ordenamiento penal los delitos perseguibles de oficio (como es el caso de prácticamente la totalidad de los relacionados con violencia de género), no admiten el “perdón del ofendido”; la mal llamada “retirada de la denuncia”. No se puede retirar la denuncia y, si así se hiciere, el policía que lo llevare a cabo y no transmitiere la noticia recibida a la Autoridad judicial, puede incurrir en responsabilidad penal.

Como la función de proteger a la víctima conlleva un protocolo de actuaciones, con independencia de las actuaciones policiales que se vayan desarrollando, se ha de presuponer que: una dotación policial de la Brigada de Seguridad Ciudadana, los conocidos radiopatrullas o ”Zs” se personen en el domicilio o lugar donde se consuma el delito, en cuyo caso los policías auxilian a la mujer y detienen al agresor, si todavía se encontrara en el domicilio, solicitando ayuda de efectivos para trasladar a Comisaría, de forma separada tanto a la víctima como al detenido. Si uno de ellos, o ambos a la vez, precisaran asistencia médica se les trasladará a un centro médico para su atención sanitaria y la obtención del parte facultativo correspondiente…

 

CAPÍTULO 6º

La Orden de Protección de las víctimas de violencia de género pretende que a través de un rápido y sencillo procedimiento judicial las víctimas puedan obtener un estatuto integral de protección que comprende medidas civiles, penales, asistenciales y de protección social

Una vez que el autor del delito o maltratador hubiera sido detenido se instruirán una serie de diligencias que, junto con las practicadas anteriormente  a la agredida, configurará el atestado policial que se remitirá al juzgado que entienda del caso antes de que el detenido sea puesto a disposición judicial; de cualquier forma el atestado recogerá: Primeras diligencias con la víctima;  manifestación de la víctima; información a la víctima; información de derechos al detenido, retirada de armas y valoración del riesgo. En estas primeras diligencias hay que partir del hecho de que la víctima se presenta en dependencias policiales a relatar una parte de su vida, de, muchas veces, la “tortura” a la que ha sido sometida por su maltratador, por lo que la actitud del agente que la reciba debe ser en todo momento muy cuidadosa, empatizando con la víctima, brindándole afecto, escuchándola, dejándole que se desahogue y llore si es preciso. Ante la más mínima sospecha de lesión física o psíquica, se practicará reconocimiento médico a la víctima, contando la Policía Judicial con facultades para requerir la presencia de cualquier facultativo o personal sanitario que fuere valido para prestar, si fuere necesario, los oportunos auxilios a la perjudicada; es decir, en relación con el reconocimiento médico de la víctima, la Policía Judicial está facultada para: solicitar la presencia de cualquier facultativo  que reconozca a la maltratada; pedir copia del parte médico que se emita para adjuntarlo al atestado, y si se negara el facultativo a cumplir cualesquiera de los requerimientos anteriores, se le acusaría de desobediencia.

Realizado el reconocimiento y, si el estado de la agraviada es tal que merece ser plasmado en una fotografía que se pueda adjuntar al atestado, será ella quien, por escrito, consienta o no en su realización a fin de no vulnerar el derecho a la propia imagen y, en consecuencia, viciar de nulidad el acto. Se evitará publicidad indeseada a la víctima para proteger su intimidad, de tal manera que si se observara la toma de fotografías no deseadas se procederá a la retirada de la tarjeta, carrete o pastilla que la hubiera captado y que se presentarían ante la Autoridad Judicial.

En cuanto al autor del delito, en caso de que no procediera su puesta en libertad una vez identificado y realizadas las más urgentes averiguaciones tendentes al esclarecimiento de los hechos presuntamente delictivos –identificación e interrogatorio del detenido–, se pondrá a la mayor brevedad, en el plazo máximo de 24 horas, a disposición judicial, y durante el tiempo que dure su detención se velará siempre por la forma que menos perjudique a su persona, reputación y patrimonio. Cuando el detenido tenga acreditada su identidad, su domicilio o residencia, carezca de antecedentes delictivos y sea acusado de delito o falta de escasa gravedad, la actuación policial se limita, en lo que se refiere a la situación personal del inculpado, a transmitirle la obligación que tiene de comparecer ante el Juzgado competente cuando sea citado por el mismo. No obstante, si  existen indicios fundados de que de forma intencionada o dolosa un maltratador  ha amenazado o causado lesiones a su pareja o expareja heterosexual, ha provocado un menoscabo de la salud o de la libertad de la misma,  la víctima puede solicitar ate el órgano jurisdiccional las medidas que fueren precisas para su protección; no obstante,  en el mismo momento de prestar declaración  en las dependencias policiales, o judiciales si prefiere, recibirá, pues es un derecho que la asiste, el ofrecimiento de una orden de protección, que puede aceptar o denegar en el acto, o esperar a la solicitud de la misma  ante el juzgado correspondiente. Con la detención del autor se protege a la víctima en tanto no disponga de las medidas provisionales que el Juez decrete en la Orden de Protección.

En una de las diligencias el atestado se incluye la valoración policial de riesgo, ó VPR, que se utiliza nada más conocerse un hecho y que no es más que un cuestionario configurado por expertos científicos de 3 Universidades españolas: La Universidad Autónoma de Madrid, la Universidad de Barcelona y el Instituto Andaluz Interuniversitario de Criminología de la Universidad de Málaga. Al cumplimentar el formulario el sistema permite predecir el nivel de riesgo que tiene una víctima a sufrir una nueva agresión; otro cuestionario, el llamado VPER, permite Valorar Policialmente la Evaluación del Riesgo cuando ya existe una orden de protección. Según que el riesgo sea Extremo, Alto, Medio, Bajo o No Apreciado se procederá para la protección de la maltratada con más o menos dedicación y más o menos medios.

Las unidades especializadas en violencia de género, además de prevenir actos de violencia entre las parejas, asesoran a las afectadas y las protegen según el nivel de riesgo antes mencionado. Creo que es de interés general dar a conocer la información que se facilita a esas mujeres sobre los derechos que tienen reconocidos por la Ley Orgánica 1/2004, de 28 de diciembre, de Medidas de Protección Integral contra la Violencia de Género y que son las que siguen.

-. DERECHO A LA INFORMACIÓN: Relativa a su protección y seguridad, y los derechos y ayudas previstos, así como la referente al lugar de prestación de los servicios de atención, emergencia, apoyo y recuperación integral.

-. DERECHO A LA ASISTENCIA JURÍDICA: Tienen derecho a la defensa y representación gratuitas por abogado y procurador en todos los procesos y procedimientos administrativos que tengan causa directa o indirecta en la violencia padecida. En estos supuestos, una misma dirección letrada asumirá la defensa de la víctima.

-. DERECHO A LA ASISTENCIA SOCIAL INTEGRAL: Tienen derecho a la asistencia de los servicios sociales de atención, de emergencia, de apoyo y acogida y de recuperación integral. La asistencia implicará especialmente :a) información, b) atención psicológica, c) apoyo social, d) seguimiento de las reclamaciones de sus derechos, e) apoyo educativo a la unidad familiar, f) formación preventiva en los valores de igualdad dirigida a su desarrollo personal y a la adquisición de habilidades en la resolución no violenta de conflictos, g) apoyo a la formación e inserción laboral

Estos servicios actuarán coordinadamente y en colaboración con los Cuerpos de Seguridad, los Jueces de Violencia sobre la Mujer, los servicios sanitarios y las instituciones encargadas de prestar asistencia jurídica a las víctimas, del ámbito geográfico correspondiente, y podrán solicitar al Juez las medidas urgentes que consideren necesarias.

También tendrán derecho a la asistencia social integral a través de estos servicios sociales los menores que se encuentren bajo la patria potestad o guarda y custodia de la persona agredida.

-. DERECHOS LABORALES Y DE SEGURIDAD SOCIAL: Si es trabajadora por cuenta ajena, tiene derecho a la reducción o reordenación de su tiempo de trabajo, a la movilidad geográfica, al cambio de centro de trabajo, a la suspensión de la relación laboral con reserva de puesto de trabajo y a la extinción del contrato de trabajo. En estos casos, la suspensión y la extinción del contrato darán lugar a la situación legal de desempleo, en los términos previstos. El tiempo de suspensión se considerará como período de cotización efectiva a efectos de las prestaciones de Seguridad Social y de desempleo. En los supuestos de suspensión del contrato, la reincorporación posterior se realizará en las mismas condiciones existentes en el momento de la suspensión. Las ausencias o faltas de puntualidad al trabajo, motivadas por la situación física o psicológica derivada de la violencia de género, se considerarán justificadas cuando así lo determinen los servicios de atención o los de salud, según proceda, sin perjuicio de que dichas ausencias sean comunicadas por la trabajadora a la empresa a la mayor brevedad.

  1. b) Si es trabajadora por cuenta propia, en el caso de cese en su actividad para hacer efectiva su protección o su derecho a la asistencia social integral, se le suspenderá su obligación de cotizar durante un período de seis meses, que le serán considerados como de cotización efectiva a efectos de las prestaciones de Seguridad Social y su situación se considerará como asimilada al alta.
  2. c) Si es funcionaria pública tiene derecho a la reducción o reordenación de su tiempo de trabajo, a la movilidad geográfica de centro de trabajo y a la excedencia en los términos establecidos en su legislación específica.

Las ausencias totales o parciales al trabajo motivado por la situación física o psicológica derivada de la violencia de género, se considerarán justificadas en los términos previstos en su legislación específica.

-. DERECHO A LA PERCEPCIÓN DE AYUDAS SOCIALES: Cuando carezca de rentas superiores, en cómputo mensual, al setenta y cinco por cien del Salario Mínimo Interprofesional, excluida la parte proporcional de dos pagas extraordinarias tendrá derecho al equivalente al de seis meses de subsidio por desempleo. Cuando tuviera reconocida oficialmente una minusvalía en grado igual o superior al treinta y tres por cien, el importe será equivalente a doce meses de subsidio por desempleo. Si tiene responsabilidades familiares, el importe podrá alcanzar el de un período equivalente al de dieciocho meses de subsidio por desempleo, o de veinticuatro meses si la víctima o alguno de los familiares que conviven con ella tiene reconocida oficialmente una minusvalía en grado igual o superior al treinta y tres por cien.

-. ACCESO A LA VIVIENDA Y RESIDENCIAS PÚBLICAS PARA MAYORES: La mujer víctima de violencia de género será considerada dentro de los colectivos prioritarios en el acceso a viviendas protegidas y residencias públicas para mayores, en los términos previstos en la legislación aplicable.

 

CAPÍTULO 7º

La violencia de género que sufren las mujeres resulta una de las variables que predicen la salud física y mental de la población femenina afectada, además de influir en la calidad de vida de las mismas debido a la sensación de amenaza vital y pérdida del bienestar emocional.

Este es el séptimo número del “Aullido del Coyote” y es el último que se publica; han sido siete meses descubriendo como son las víctimas de la violencia machista y cómo actúan sus violentos compañeros sentimentales; han sido siete artículos que, hallan o no servido para mitigar el mal de la barbarie y de la intimidación, pretendieron  orientar en algunos de los aspectos de la vida afectiva de la  pareja heterosexual en general; siete artículos con un mismo título que no ha sido elegido al azar pues, su canto, bien podría haber sido el de un lobo o el de un zorro, por ejemplo; pero fue el de un coyote, carnívoro americano de la familia de los cánidos, el elegido para rendir así honor a tantas mujeres latinoamericanas que, como las españolas, sufren el ocaso del amor, si bien las primeras lejos de su tierra natal y de sus seres más queridos por habitar en España;  la alegoría “lo oyes aunque no lo escuches” es una forma de expresión figurada que pretendió alertar a todo ciudadano que a sabiendas de que una mujer es maltratada nada dice, nada comunica y nada obra, más bien se hacen oídos sordos para no comprometerse o por no saber afrontar la realidad de la vida 

He querido que fuera el séptimo artículo el que pusiera fin a esta serie de escritos mensuales, de ahí la reiteración del siete con la que he empezado, por una simple pasión o admiración que siento desde mi época de bachiller por este misterioso y mágico número. Siete son los días de la semana; siete los que empleó Dios para la Creación; siete los colores del arco iris y siete las notas musicales; tantos sietes como que siete son las maravillas del mundo y, lo son también siete el Sol y la Luna y las otras cinco estrellas: Marte, Mercurio, Venus, Júpiter y Saturno, llamadas planetas y creadas por Dios para distinguir y preservar los “Números del Tiempo”, o así decía Platón en sus Diálogos. Su luz y su calor, fuente de vida, han servido a una mujer amiga mía para sacar del silencio un sufrimiento masivo de las mujeres que con demasiada frecuencia se mantiene escondido, han servido para que esta mujer devota a su marido y signada por la fatalidad cante al aire, por una parte, el daño físico sufrido y, por otra, el daño psicológico que no puede superar tras la ruptura familiar. De dos hijas habidas en el matrimonio la mayor tomó partida por su padre, se independizó y nada quiere saber de su madre ni de su hermana la menor. La menor de edad, adolescente ya, unida al amor materno sin querer saber nada de su padre. En todos estos años la víctima, a la que yo llamo Estrella, ha pasado muchas noches mirando al cielo esperando de las estrellas una respuesta que por sí sola no sabe encontrar. Ella me ha dado por escrito sus reflexiones y su autorización para que se publiquen por considerarlas de gran ayuda para todas aquellas mujeres que padecen de la misma y que son las que siguen:

“Por ti…por mí. Por todas y cada una de las mujeres a quienes hicieron pasar la vida mirando al suelo.

A ti, que sabes lo que es sentirte tan pequeña que solo deseas que llegue la noche para envolverte de su oscuridad y protegerte de toda pena.

A ti, que estás pegada a esa silla observando tras un cristal como pasa la vida

A ti, que sin saber cómo ni por qué, una noche como tantas otras, agotada por el dolor, decides abrir esa ventana que te aleja del mundo para levantar tu mirada al cielo descubriendo esa estrella.

Tú, que sin ser nada y sintiéndote menos que la nada descubres que poco a poco ese dolor tan intenso empieza a hacerse pequeño. Esa estrella te está transmitiendo su calor, ella está ahí para llevarse tu dolor, ella está ahí intentando hacerte brillar de nuevo.

Cierro los ojos y me imagino mi propio cielo, un cielo completamente negro, las tormentas se han llevado tu pena. Y busco una salida, una luz en esta inmensa oscuridad; está ahí, pequeña, muy lejana, pero ahí está, es mi primera estrella: Isabel.

Está renaciendo de nuevo, sabe que no puede volver a irse, que si se va, su dios se enfadará, que sin su luz nada será igual.

Sintiéndose como un puntito de pequeña también tiene que luchar, y descubrir de nuevo que para ella también existe un cielo.

Dos estrellas intentan brillar, la de la lucha y la de la amistad.

Se pasó la vida enfadada con su amigo, se cansó de luchar, sin imaginar por un momento que su dolor se haría mi recuerdo y su recuerdo seguiría vivo en su camino. Tuvo que pasar mucho tiempo para poder entenderte, perdonarte, perdonarme, y te sentí, sentí tu dolor que ahora era mi dolor, tu cansancio, que era mi cansancio, y desee tanto acercarme de nuevo a ti…, que comprendí que pese a quererte no pude evitar perderte. Hoy tu cansancio será mi lucha, porque a pesar del tiempo, jamás quise ni pude olvidarte.

El amor a mis hijas, que me dieron la fuerza para luchar día tras día y descubrir que no hay nada más importante que el legado a nuestros hijos. Ellos son el futuro, ellos son la esperanza; por eso, mis dos estrellas: Paula y Elena.

La primera, a quien sin ella verlo, el amor de una madre que la apoyará cuando el mundo venga a acosarla, que la apoyará cuando el mundo intente envolverla, que perdonará, como solo una madre puede hacerlo aun cuando nadie lo entienda, porque el amor de una madre es todo generosidad, es darlo todo sin desear más que la felicidad de su ser amado.

Elena, en ti veo parte de mí: tu instinto y tu observación, pero sobre todo tu corazón; tuviste que aprender la fuerza del valor pese a ser todavía muy niña, sin lograr apagar tu enorme y cálida sonrisa. Has sido mi lucha, pero también mi fuerza; eres mi orgullo, orgullo de ver cómo te estás haciendo mujer.

Mi penúltima estrella, la mujer: por todas y cada una de ellas a quienes un día les robaron la sonrisa y las hicieron mirar al frío suelo.

Y mi última estrella, lleva nombre propio: A ti, que me quisiste aún sin conocerme; a ti que no esperabas nada de mí, salvo la recompensa de mi sonrisa; a t, por el dolor que sentiste con cada una de mis lágrimas; a ti que, pese a no ser lo que quise ser, no conseguir lo que un día yo soñé, me tuviste a tu lado queriéndome tal y como soy. A ti, mi última y más brillante estrella, a ti Manuel, mi padre.

No sé si es el final de mi historia o el principio de mi vida; podré llorar, podré reír, incluso hasta soñar; cerraré los ojos y mi cielo estará lleno de estrellas. Ya no hay miedo en mí. Toda la fuerza, todo el amor estarán ahí. Y seguiré, porque quizás haya más estrellas en el cielo.

 

FIN