Los aficionados agresivos o gamberros en los campos de fútbol se divierten alborotando, insultando y provocando escándalos de todo tipo

Publicado el 22/04/2016

Aprovechan los campos de fútbol para despojarse de sus frustraciones e incapacidades, mostrar al resto de los seguidores que con sus gritos, arengas e insultos ellos son los protagonistas del espectáculo y, mientras, exhiben orgullosos toda una guía de comportamientos, desgraciadamente aceptados, como nuevos valores sociales.

 Si bien es cierto que la provocación ha sido desde hace siglos un patrón de descortesía del pueblo español, incluso nos jactamos de que los españoles seamos el pueblo de Europa que más y mejor insulta, trasladada a los campos de fútbol la agresión verbal es utilizada unas veces como instrumento de violencia para obtener otros fines: uno para incomodar al árbitro y así obtener mayores indulgencias que el equipo visitante, y otro como medio para hacer daño a alguien en concreto (afición contraria) y así liberar la agresividad que encierran en su interior. Sea como sea, se deben desterrar los insultos de los campos de fútbol y mucho más si hay en él menores de edad; no se pueden permitir las descalificaciones personales y quien las expresen deben ser considerados, al menos por mí, como cretinos carentes de valores, como personas mal educadas, incívicas, intransigentes y mala gente, desprovistos de autocontrol, que imponen a las personas educadas sus palabras soeces sabiendo que la educación no tiene vocabulario para responderles.s difícil asistir a un campo de fútbol para presenciar un encuentro entre dos equipos, sea cual sea la categoría en la que ambos contendientes militen, sin que en algún momento del mismo se oigan los insultos malsonantes dirigidos a los “enemigos” del fútbol: el árbitro y sus linieres,  algún jugador de campo o, incluso,  simpatizantes y seguidores del club de fútbol visitante; no se mezclan las aficiones por temor a algún percance, se sitúan unos en la zona de sol y los otros en la de sombra para que sus envenenadas palabras, a modo de arengas, influyan en la moral de los mencionados. El insulto, la ofensa, la humillación…, como violencia verbal se ha enquistado en una buena parte de aficionados que parecen no acudir a presenciar y a disfrutar de un espectáculo deportivo sino que, el espectáculo deportivo sea la causa que les permita exteriorizar la violencia que encierran en sus cuerpos, como si estuvieran poseídos por una afección nerviosa, como si fueran a descargar en la instalación deportiva sus alforjas repletas de frustraciones e incapacidades. Son gente fracasada e indeseada.

Ante tal agresividad uno se pregunta: ¿es violento por naturaleza el ser humano?; ¿se ha degradado moralmente nuestra sociedad? Según el doctor Paulino Castells, psiquiatra infantil y juvenil, respecto de la primera interrogante, ”la personalidad violenta no nace, se hace, y es el entorno en el que nos desarrollamos, la cultura y la educación que recibimos la que nos orienta más hacia un lado u otro de la balanza”. La mala educación, desde mí óptica, ha provocado que varias generaciones hayan sido criadas en el exceso del insulto, que éste se haya banalizado y se le haya restado importancia desde una gran parte de esta sociedad que nos toca vivir escudándose en la libertad de expresión.

Libertad de expresión mal interpretada, o nunca leída en la Constitución como norma suprema del ordenamiento jurídico. La Ley de Leyes contempla en su artículo 20.4 que “Estas libertades tienen su límite en el respeto a los derechos reconocidos en este Título, en los preceptos de las leyes que lo desarrollen y, especialmente, en el derecho al honor, a la intimidad, a la propia imagen y a la protección de la juventud y de la infancia”. Pues yo me siento muy mal cuando escucho a alguien gritar “hijo de puta”, porque me pregunto: ¿qué culpa tiene una madre inocente de las insolencias que perpetre su hijo?; ¿por qué a la par se insulta al padre del que recibe el insulto como persona que permite a su mujer ser puta?; ¿por qué ese insulto, que condena a perpetuidad al hijo, al que recibe la grosería?. Si un ser es engendrado por una puta, será hijo de puta mientras viva. Expresiones como estas deberían estar erradicadas de la vida en sociedad, deberían ser denunciadas y deberían ser condenadas por una injuria contra el derecho al honor.

Como respuesta a la segunda de las interrogantes, la sociedad española vive en las últimas décadas una fuerte degradación de los valores humanos tradicionales tendiendo hacia la transformación en unos “nuevos valores” en donde, las relaciones interpersonales se vuelven superficiales, sin implicar ningún tipo de compromiso, generando conductas antisociales basadas en una total ausencia de moral y, en algunos casos, incluso podríamos hablar de doble moral, en el individualismo, en la competitividad, el nada “nada importa más que yo”, en el “maricón el último”, etc.

Los miembros de las familias tradicionales con más de cincuenta años solemos preguntarnos: ¿a dónde vamos a llegar?, ¿por qué las administraciones no hacen algo?; sin darnos cuenta que estos cambios sociales surgen de la sequía actual de valores humanos que antaño manaban de la familia y de los centros de educación, de los medios de comunicación que bombardean a modo de anestesia y de forma permanentemente los cerebros para que invadan el consumismo y se den a la comodidad. Es en definitiva, y como todo en esta vida, un problema de educación que, como bien dice el profesor D. Emilio Lledó Iñigo, “educar es crear libertad, dar posibilidad al pensar. Y la mejor manera de aprender a pensar es pensando en los demás”.

 

Serafín Villanueva

Presidente del Unión Deportivo Llanera