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Hablemos, Parlem. A pocos días del 1 de octubre, resulta difícil hablar de Cataluña. Y más para un paseante de este concejo asturiano de Llanera.

Cuando oímos hablar estos días de que “hay que acabar con el régimen del 78”, nos entra una rabia interior. Para nosotros, el “régimen” era el de Franco, el que padecimos en España

Publicado el 28/09/2017
El tapin Hablemos, Parlem. A pocos días del 1 de octubre, resulta difícil hablar de Cataluña. Y más para un paseante de este concejo asturiano de Llanera.

Estoy convencido de que la única solución posible es  hablar después del 1 de octubre. Y es necesario que las dos partes, Cataluña y el resto de España, rompan con todos los prejuicios que nos hemos forjado ambos en estos últimos años.

Para la gente de mi generación, los que casi tenemos 60 años, cuando oímos hablar estos días de que “hay que acabar con el régimen del 78”, nos entra una rabia interior. Para nosotros, el “régimen” era el de Franco, el que padecimos en España hasta la aprobación de la Constitución de 1978. Usar la palabra “régimen” para definir el periodo de más libertad, paz y prosperidad en la historia de España, nos parece a muchos como yo un argumento de un experto en publicidad con muy mala entraña.

Dicho esto, hay que decir que la razón no está del todo de ninguna de las dos partes.  Ni de los nacionalistas catalanes ni de los que piensan que no se ha hecho nada mal con Cataluña y que sólo hay que cumplir la ley (que también).

Decía que la Constitución del 78 ha sido el principal instrumento de libertad y progreso de España en estos 40 años que tiene de vida. Pues bien, esa misma Constitución establece los derechos al autogobierno de Cataluña. Y el mecanismo constitucional  que lo regula es de los llamados “de doble llave”, el Parlamento de Cataluña propone un proyecto de Estatuto, las Cortes Generales lo aprueban con rango de Ley Orgánica y, el pueblo de Cataluña lo ratifica. Es decir, el pueblo catalán puede “tumbar” una Ley Orgánica aprobada por las Cortes. Así lo dice el actual Estatuto:  ” JUAN CARLOS I REY DE ESPAÑA A todos los que la presente vieren y entendieren. Sabed: Que las Cortes Generales han aprobado, los ciudadanos de Cataluña han ratificado en referéndum y Yo vengo en sancionar la siguiente ley orgánica.”

Una vez aprobado el Estatuto ni Cataluña puede cambiarlo sin aprobación de las Cortes, ni las Cortes pueden aprobarlo sin que los catalanes lo ratifiquen en referéndum. Este mecanismo no es especial para Cataluña. También se aprobó así el Estatuto de Andalucía, por ejemplo.

Lo que la Constitución no previó, fue que una vez aprobado con este mecanismo un Estatuto de Autonomía, fuese recurrido ante el Tribunal Constitucional. El pacto que supone que ese tribunal pueda revisar la adecuación a la Constitución de una Ley y anularla no se pensó que nadie lo fuera a aplicar a una ley ratificada en referéndum. Era como desautorizar al cuerpo electoral que la había aprobado.

Y eso, precisamente, fue lo que ocurrió. A pesar de múltiples advertencias para que no lo hiciera, el Partido Popular, concretamente más de 50 diputados en Cortes (por cierto, uno de los firmantes de ese recurso fue José Avelino Sánchez Menéndez, por aquel entonces alcalde de Llanera y diputado por Asturias),  firmaron un recurso de inconstitucionalidad, que modificó ligeramente el Estatuto de Cataluña aprobado por el Parlament, por las Cortes y aprobado en referéndum,  y que sólo sirvió para que muchos catalanes sintieran que el pacto de convivencia que representaba la Constitución de 1978 hubiera sido violado y que ellos eran las víctimas. De que su voto, entonces legal y pactado, quedó en nada, anulado por una decisión que no entendieron.

De aquellos polvos vienen estos lodos de  hoy. Donde muchos catalanes sienten que este modelo ya no les sirve. La Constitución se puede y seguramente se debe reformar. Hay que usar nuestra inteligencia para que prevalezca la razón en un problema en el que a estas horas, está triunfando la pasión. Y el sentimiento es muy poderoso y nos va costar Dios y ayuda volver a reconducir esta situación. Pero no tenemos más remedio que reconducirla. Cualquier otro escenario es demasiado sombrío para desearlo. Y para eso debemos tener claro que todos tenemos parte de culpa en esta terrible crisis de estado.