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La fiesta de San Antón en Guyame

Publicado el 07/01/2018
El tapin La fiesta de San Antón en GuyameGloria-Jaime y Pepín de Teresona ante la Capilla del Diablo. Foto de Casa Martínez

La fiesta de San Antón en Guyame

 Chema Martínez

 El próximo 17 de enero, una año más, será la festividad de San Antonio Abad, patrono de los animales, y por esas fechas esta anunciada la tradicional fiesta religiosa y gastronómica en Robledo; pero bastantes años atrás, en Guyame, uno de los ocho pueblos de la parroquia de San Cucufate, también se celebraba esta efeméride aunque con algunas diferencias que la singularizaban, y por supuesto, con rica historia prácticamente desconocida, todo lo cual trataré de sintetizar en lo que sigue.

 La hoy día conocida popularmente como Capilla del Diablo, incluida en el catálogo de patrimonio Cultural de Asturias y que en deplorable estado de conservación aún perdura en las inmediaciones del antiguo Asturcón, dicen las crónicas que fue fundada el 22 de diciembre de 1590 bajo la advocación de tres varones del santoral católico: San Antonio Abad, Santo Medero y el arcángel San Miguel, por este orden, aunque según me cuentan personas de confianza, a éste último no se le cita en los papeles que figuran en el Archivo Diocesano relacionados con esta Ermita.

 Los prohombres que la erigieron, Bartolomé Martínez escribano de número de Llanera y su hermano Antón, a quién quizá deba el primero de los nombres fundacionales, la dotaron con una renta de “4 fanegas de pan por año” cosechado en La Llosa y la heredad de La Pedrosa, tierras situadas en el mismo Guyame, delante de la casa Martínez Bango, solar de los fundadores; en los Heros de Grandolaya, o Grandolayo, que podríamos ubicar detrás de Casa Luis de La Parte hacia el Peña Mea;  en la tierra de Baciello, en la ería de Los Llanos, allá por donde el Cáscaru de hoy día, entre Villanueva y Piñera; en la tierra de Entresucos, en Sierracamán, y por último en otras dos tierras en el término de La Carril. La simple enumeración de tantas propiedades da idea del poderío de los señores Martínez y el número de topónimos en riesgo de desaparecer cuando ya no olvidados. Es de suponer, que no serían necesarias tantas tierras para conseguir las 4 fanegas requeridas, sino más bien que trataban de garantizar la renta, con independencia de donde se consiguiera la cosecha.

 Con el devenir de los tiempos, a los Martínez Bango, les sucedería en la propiedad Domitila, propietaria de una conocida confitería en Oviedo y hoy día sería de los herederos de Ramón de Mauro, conocido agricultor de la zona ya finado, quien al adquirir la finca colindante, los límites que para ella marcaban las correspondientes escrituras, interpretados literalmente entonces, permitían incluir el solar de la Capilla, aunque los más veteranos del lugar recuerdan perfectamente delimitado por caminos algunos ya desaparecidos a día de hoy, el singular triángulo que, a modo de isleta, formaba el solar de la Ermita.

 Terminada la Guerra, el templo quedó en ruinas, prácticamente con lo que aún hoy día se ve de piedra, que es poco más que los cimientos. Sería el albañil Quico Tamargo, ayudado por Pepín de Teresona ambos de Bauro, la recordada Gloria de Casa Martínez de Guyame y sus hijos, quien en la década de 1960 la dejaron como hoy día se ve. Gloria, que vivía muy cercana a las ruinas de la Capilla, fue la artífice fundamental de su reconstrucción, pues en cumplimiento de una promesa personal, recorrió toda la parroquia y otros pueblos limítrofes en busca de limosnas con las que sufragar las obras y, junto a sus hijos, apeonó con tesón en la obra.

 El edificio en sí es prácticamente un rectángulo, pequeño, diáfano en su interior, campanario orientado al norte y ventana circular al sur. Situado sobre una ligera loma en un cruce de caminos, dentro de la simplicidad de su construcción, tiene su gracia. La fachada, orientada hacia el interior del pueblo,  incluye ventanas cuadradas a ambos lados de la puerta y todo el frente, terminado con arco de medio punto bajo el alero, está ligeramente retranqueado sobre las paredes laterales. La yedra cubre a día de hoy gran parte de sus muros y en el interior están prácticamente casi todos los materiales adquiridos en una segunda cuestación de la citada Gloria –ahora con la ayuda de Enrique Paredes de Piñera- a finales de la década de 1980, que circunstancias diversas impidieron utilizar para terminar la restauración-reconstrucción del edificio.

 No se sabe si las imágenes de los santos a cuya gloria se construyó la Capilla son o no los mismos de sus orígenes, pero lugareños nonagenarios cuentan que cuando la contienda civil, en la Capilla estaban la de San Antón con un cerdo a sus pies, la Virgen del Carmen, San Bartolomé –no olvidar que uno de los fundadores así se llamaba- y según quién lo cuente, “un diablu colorau con tridente” o el Arcángel San Gabriel pisando al diablo. Todas estas imágenes sufrieron los envites de la Guerra, pues hay quien recuerda con nitidez que durante algún tiempo estuvieron despedazadas en el camino hacia el interior del pueblo tras un, llamémosle simulacro de fusilamiento sobre el muro de la huerta de Casa Xuan,  y posteriormente dentro de un saco, los restos de todas menos la de San Bartolomé, fueron arrojados al cercano río Nora. La cabeza de San Miguel sacando del infierno un alma penitente, según unos y expulsando al Diablo del Paraíso según otros, fue colgada de un álamo o de una estaca, las versiones difieren,  en la cercana fuente de la Borboga, Borboa, Castañeo o simplemente fuentona, nombres todos estos adjudicados a la fuente-lavaderu hoy día en espera de que el Ayuntamiento termine su restauración, lugar del que desapareció definitivamente la imagen sin que se sepan los detalles. Cuando la gente iba a buscar allí el agua, la presencia de la efigie imponía, y comenzaron a llamarla “el diablo”, y de ahí procedería el nombre actual de la Ermita.

 Nieves de Xuan, conserva en su poder el busto del San Bartolomé original, cuya restauración corrió a su cargo, al que la conocida modista María Luisa Manolín, de Tuernes el Grande le preparó una capa amarronada. Así ataviada, esta imagen está presente todos los años –gracias al esmerado transporte de Manolo- y desde hace ocho ó diez, en las fiestas que se celebran en la ovetense parroquia de San Lázaro de Paniceres, donde ahora reside María Luisa.

 En la “salvación” del busto de San Bartolomé, intervino decisivamente Regina Suárez de Casa Xuan. Poco después del citado “fusilamiento” de las imágenes, Regina paseando por la huerta encontró bajo una higuera, pegado al cierre de su finca, la figura que nos ocupa. La recogió y oculta bajo su refajo la introdujo en la casa, a pesar de que en aquél momento estaban allí algunos integrantes del Batallón del Rapín con base  en La Torre, que venían diariamente a por leche para su propio consumo. Durante la posguerra permaneció oculto en el desván de Casa Xuan, hasta que Nieves tomó a su cuenta la ya citada restauración.

 Tras esta pequeña historia sobre la Capilla, y recordando el popular refrán "por San Antón tola gallina pon, pola Candelera, la mala y la buena", queda pendiente el aspecto profano de la festividad que se celebraba en Guyame desde tiempos imprecisos y hasta el desencadenamiento de la Guerra de 1936.

 La ya citada Nieves,  de memoria prodigiosa, todo un archivo inmaterial de múltiples y variadas vivencias, me contó que existía entonces una sociedad de vecinos, desaparecida a raíz de la contienda civil, que con motivo de la fiesta rifaba una xata y organizaba las romerías y verbenas en la festividad de San Antón, fiesta que aquí, quizá por eso de la climatología, se celebraba en el mes de agosto, después de la festividad de Nuestra Señora de Villanueva.

 Las verbenas se organizaban generalmente entre las corradas de Casa el Menor y Casa Martínez, casi una frente a la otra y separadas por la carretera de la época, amenizadas con música de organillo. Sin embargo, las romerías tenían lugar en el prado conocido como Tonices, perteneciente a Ca Xuan, ubicado junto a la Torre y en los últimos años ya junto a Casa Juacu y fue en este lugar donde se tomaron algunas fotos en las que los más mayores de la zona y quizá algunos más jóvenes reconozcan vecinos  y familiares hasta hace poco con nosotros.

 Al menos en Tonices, era habitual plantar en medio del prado la tradicional cucaña, tan larga como fuera posible conseguirla, toda  ella bien engrasada con tocino, y con cierta cantidad de dinero en la pica, se supone para la época poco más que una moneda o billete y además de poco valor, que se llevaba como premio quien consiguiera alcanzarlo sin caerse.  Avelino Menéndez, natural de Casa Xepe de Villanueva, gracias a su destreza, era uno de los ganadores habituale