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Javier Fernández : Sabed, tened por seguro que las reivindicaciones de mañana, de esa gran movilización internacional que se llama 8 de marzo, Día de la Mujer, son nuestras reivindicaciones, las mías, las vuestras, las reivindicaciones del Gobierno de Asturias.

Acto institucional de conmemoración del Día Internacional de las Mujeres

Publicado el 07/03/2018
El tapin Javier Fernández : Sabed, tened por seguro que las reivindicaciones de mañana, de esa gran movilización internacional que se llama 8 de marzo, Día de la Mujer, son nuestras reivindicaciones, las mías, las vuestras, las reivindicaciones del Gobierno de Asturias.

En la democracia india, inaugurada en 1947, la jerarquía social del sistema de castas establece una implacable desigualdad de rango entre personas que, sin embargo, tienen reconocidos los mismos derechos de ciudadanía. Los sin casta, uno de cada cinco indios  están por debajo de los de más abajo. Los llaman intocables porque contaminan, no pueden hablar con los demás ni caminar sus caminos ni tocar sus platos. La ley los protege, pero la realidad los agrede.

 

Estados Unidos, la primera democracia moderna, construida sobre los valores de la Ilustración del Siglo de las Luces, aún no ha conseguido integrar en plenas condiciones de igualdad a los descendientes de los esclavos liberados tras la abolición de la esclavitud por el presidente Lincoln hace 155 años.

 

Estas experiencias tan palmarias, de países lejanos en todas las geografías sociales y culturales, nos enseñan que el reconocimiento jurídico de la igualdad no es suficiente, que no basta con que los derechos estén reconocidos en la Constitución y las leyes, que ese reconocimiento no revierte por sí solo las actitudes sociales de exclusión, postergación o desprecio.

 

La pregunta que debemos hacernos es que si el reconocimiento jurídico de la igualdad no ha impedido la discriminación real por la etnia, la raza, el color o la cultura… ¿puede ese mismo reconocimiento garantizar un trato igualitario en la vida cotidiana a quienes siempre han sido discriminadas en cada etnia, en cada raza, en cada color y en cada cultura? La respuesta sólo puede ser negativa. La igualdad normativa, la imprescindible, equiparación civil y política no asegura la igualdad real.

 

Vuelvo a los mismos países. En la India han pasado 71 años desde la llegada de la igualdad jurídica y todavía las mujeres no son bienvenidas: allí hay menos mujeres que hombres porque muchas mueren en el vientre de la madre y muchas más son asfixiadas al nacer (Galeano).

 

En Estados Unidos y ante la incredulidad de todo el planeta, Hillary Clinton no logró romper el gran techo de cristal que separa a las mujeres de la presidencia de la mayor potencia mundial porque se eligió para ese puesto a un hombre cuya masculinidad cumple con todos los requisitos de los estereotipos patriarcales.

 

Me refiero a esas dos democracias, las más pobladas del planeta, tan parecidas en los aspectos jurídico formales, tan distintas en la realidad social y económica, porque cuando emitimos nuestra opinión sobre un país no podemos olvidar que las diferencias sociales, étnicas, culturales o raciales se suman, nunca se restan, a la diferencia que se padece por ser mujer.

 

De ahí que esa opinión, la que tenemos sobre un país, esté menos determinada por la situación de los obreros que trabajan en él que por el lugar que las mujeres ocupan, por los derechos que les son reconocidos, por la violencia que se ejerce sobre ellas y por la dimensión pública de sus problemas.

 

Y este asunto -la dimensión pública de la discriminación, la desigualdad, la dominación o la violencia sobre las mujeres- es vital. Lo es porque la dependencia, el enclaustramiento, el control por los varones, ese fundido a negro de las vidas femeninas que ahora nos sorprende al verlo en otras culturas, era moneda corriente hace un par de generaciones en los regímenes democráticos avanzados.

 

Sí, era moneda de uso común porque a las mujeres se les hurtaba la dimensión pública. Así ocurría que el sometimiento violento y rutinario que se ejercía sobre ellas eran asuntos familiares, particulares, opacos, impenetrables a la luz, al conocimiento y al debate público que convivían apaciblemente con la democracia liberal.

 

Hagamos memoria, recordémoslo porque aunque los recuerdos no sean buenos si que es bueno recordar. ¿Cuánto hace que se aprobó la ley integral contra la violencia de género? ¿Dónde están los que querían que siguiera siendo un asunto callado y opaco, constreñido al espacio velado del hogar? ¿No lo llamaban violencia doméstica? Ay, la importancia de las palabras: violencia doméstica, violencia en casa, violencia entre cuatro paredes, violencia oscura de alcoba, vedada a ojos extraños.

 

Por eso, la violencia, y no solo ella la problemática íntegra de la desigualdad de género no sólo necesita concienciación, deliberación y movilización, necesita también dimensión pública.

 

Esa dimensión pública debe traducirse en políticas concretas, a las que ahora me referiré. Pero tiene que reflejar también una concepción más femenina o, si quieren ustedes, menos masculina de la política, porque la política debe tener mucho que ver con la inclusión de las mujeres como ciudadanas plenas.

 

Cuando hablo de políticas concretas me refiero a medidas como la Marca Asturiana de Excelencia en Igualdad, la Estrategia contra la Brecha Salarial o el Protocolo contra las Agresiones Sexuales, que esperamos tener aprobado este primer semestre.

 

La realidad nos recuerda cada día el trecho enorme que queda por recorrer. El lema de este año va precisamente de esa ambición. Dice: “Queremos más. Crecer en igualdad es mejorar la sociedad”. Vosotras sabéis que hace tiempo que los gobiernos de Asturias están a la vanguardia de la lucha por la igualdad. Iniciativas como la Casa Malva o el Pacto contra la Violencia sobre las Mujeres han sido pioneras en España, referencias en todo el Estado. Y, sin embargo, la realidad nos habla de agresiones, de acoso, de discriminación y de brecha salarial; la realidad, repito, nos descubre un larguísimo camino ante nuestros ojos.

 

Pues ante ese horizonte, el Gobierno de Asturias no ceja: seguirá mirando de frente estos problemas, procurando que el Principado continúe en la primera línea. No es una cuestión de prurito ni de interés partidista: es que trabajando por la igualdad construimos una Asturias mejor. Os lo aseguro: Asturias seguirá estando a la vanguardia por la igualdad.

 

Por una Asturias mejor en una sociedad también mejor y distinta, muy distinta a la que hemos conocido. De hecho, quizá lo más importante es que hoy, incluso por encima de sus intereses –es decir, de la búsqueda de garantías contra las desigualdades y la dominación- lo más importante repito, es que  las mujeres tienen una conciencia muy intensa de estar inventando una nueva cultura.

 

Una cultura de cambio, y no sólo del orden patriarcal que se atrinchera en los espacios económicos del acceso al mercado de trabajo, las diferencias salariales o los consejos de administración; también una cultura del cambio que tiene que ver con la lógica de vidas diseñadas individualmente en las que los hombres y las mujeres se están volviendo visibles como individuos separados en el seno de una familia que es, cada vez más, una relación afectiva, una asociación de personas individuales de las cuales cada una aporta sus intereses, planes y experiencia.

 

No será fácil y está claro que somos los hombres quienes tenemos que cambiar. Arlie Russell Hoachschild  dedica todo un capítulo en la historia de Evan y Nancy a ilustrar las tensiones que existen en un matrimonio moderno.

 

En un momento de esa historia, Nancy dice: Evan y yo buscamos distintas muestras de amor. Evan se siente amado cuando hacemos el amor. Yo me siento amada cuando él me prepara la cama o hace la limpieza.

 

Para Nancy, sentirse amada tenía relación con sentir que su marido estaba mostrando consideración con lo que ella pensaba sobre la igualdad y él compartía. Evan creía que mostraba su amor escuchándola y consultándola, pero la cuestión de lavar los platos tenía que ver con el rol de una persona en la familia, no con la equidad y mucho menos con el amor.

 

Sí, hay muchas cosas que tienen que cambiar en los hombres para que entendamos que las mujeres quieran abrirse paso en la vida como un individuo en sí, con sus intereses, planes y elecciones personales, individuos que ya no están orientados al matrimonio como llave de acceso a la seguridad y a un determinado estatus social; personas que quieren elegir y disfrutar su propia seguridad, su propia libertad y su propio estatus.

 

También debemos cambiar muchas cosas para que las mujeres puedan confiar en que cada vez más hombres, la mayoría, reconocemos y asumimos las preocupaciones feministas  y lo mucho que aún nos queda para eliminar cualquier atisbo de discriminación.

 

Esos cambios también incluirán a las familias. El feminismo siempre ha desafiado la presunción de que la familia es una unidad armoniosa, la presunción de que los miembros del mismo hogar comparten necesariamente los mismos intereses y la presunción de que se podía generalizar el masculino, de modo que la expresión “el hombre” podría ser representante de “el hombre y la mujer”.

 

Pues bien, “el hombre y la mujer” simboliza mejor lo que queremos: unos vínculos más fuertes de solidaridad entre generaciones que exigen un nuevo tipo de solidaridad entre los sexos. En otras palabras, para cerrar un nuevo contrato entre generaciones tendrá que negociarse también  un nuevo contrato entre los géneros, de forma que los hombres asuman su parte alícuota de la tarea de vivir para los demás, sean  los demás menores o mayores.

 

Pero tengamos claro que ninguna inclusión es fácil ni el resultado de una concesión graciosa. Todas han requerido lucha política, lucha ideológica, resistencia, esfuerzo y sacrificio cívico. Las mujeres saben muy bien que existe la diferencia y que existe el poder, y que es el poder el que decide el sentido de la diferencia. Por eso lo que quieren es ni más ni menos que  la parte que les corresponde de ese poder.

 

Lo cierto es que yo no veo pasado, sino futuro en estos objetivos. Veo un ayer que se derrumba, un hoy que se difumina entre resistencias del patriarcado y un porvenir que debemos ganar. Trasnochado y elitista sería renunciar a esa sociedad mejor, de plena igualdad. Hoy estamos aquí para proclamar esos propósitos, para seguir trabajando por ellos, no para claudicar ni darnos por satisfechos.

 

Dije antes que la realidad nos demuestra cada día cuánto trecho queda por recorrer.  A menudo nos lo constata brutal, trágicamente. Ayer mismo se halló el cadáver de una mujer en Asturias. A expensas de lo que concluya la investigación policial, de nuevo se impone el grito de dolor, esa petición rabiosa a coro que se resume en basta ya, ni una más.  Debemos enterrar, acabar para siempre con la violencia machista, y sabemos que en ese objetivo las instituciones –y, por supuesto, el Gobierno de Asturias- tienen un papel imprescindible e indelegable. Sabéis además que otras dos mujeres continúan desaparecidas, también en Asturias En este acto quiero  expresar la solidaridad con las familias de todas ellas y expresar mi deseo de que el trabajo de las fuerzas de seguridad dé los resultados que todos deseamos.

 

Ante esta realidad no cabe la indiferencia. Sabed, tened por seguro que las reivindicaciones de mañana, de esa gran movilización internacional que se llama 8 de marzo, Día de la Mujer, son nuestras reivindicaciones, las mías, las vuestras, las reivindicaciones del Gobierno de Asturias.